Mujeres por la Vida. Resistencia y Afectos

América Latina ha vivido momento muy oscuros y que, en su mayoría, han estado atravesados por dictaduras. Entre los espacios militarizados y el constante miedo operando como control social, las mujeres han articulado formas de resistencia que desafían al poder del Estado y a los roles tradicionales de género. En Chile, un nombre resuena con especial fuerza en la genealogía de la protesta feminista y popular: Mujeres por la Vida.

En el año de 1983, Chile vivía un contexto de profunda crisis económica y social, el miedo a la represión de la dictadura de Pinochet ocasionó un hartazgo generalizado que orilló a la gente a perder el temor y salir a las primeras grandes Protestas Nacionales a las calle. En medio estos eventos, el obrero Sebastián Acevedo, se inmoló públicamente con el fin de exigir a la Central Nacional de Informaciones (CNI) que le devolviera a sus hijos detenidos. De este hecho nace Mujeres por la Vida, impulsada inicialmente por un grupo de 16 mujeres del mundo del periodismo, activismo, política y cultura, entre ellas figuras como la escritora Diamela Eltit, la médica psiquiatra Fanny Pallarolo, y la periodista Mónica González.

Buscaban unificar la protesta de las mujeres, que hasta entonces estaba fragmentada o en la clandestinidad, para oponerse activamente al régimen de Augusto Pinochet. Lograron unir a mujeres de sectores poblacionales, trabajadoras, estudiantes, intelectuales y militantes de partidos políticos, anteponiendo la urgencia de defender la vida.

Si algo caracterizó a Mujeres por la Vida fue su tremenda creatividad política. Entendieron que para combatir a una dictadura no bastaba con el discurso tradicional; era necesario intervenir el espacio público y disputar la narrativa del régimen. Reinventaron la forma de protestar. Frente a las marchas pacíficas que costaban la detención, la tortura y hasta la muerte, ellas utilizaron el factor sorpresa: el arte y la comunicación estratégica.

Bajo la icónica consigna «Somos más», el colectivo organizó actos masivos que desafiaron la prohibición de reunirse. Sus acciones no eran solo mítines políticos; eran performances masivas, relámpagos de disidencia en las calles, donde el cuerpo de la mujer se convertía en el primer territorio de resistencia.

Estas fueron sus principales formas de acción:

No avisaban dónde se iban a manifestar para evitar que la policía militarizada (los Carabineros) las esperara. De pronto, un grupo de 50 o 100 mujeres aparecía en el centro de Santiago, desplegaba un lienzo gigante que decía «SOMOS MÁS» o «NO + DICTADURA», cantaban consignas durante exactamente cinco o diez minutos, y se dispersaban rápidamente entre la multitud antes de que llegaran las fuerzas represivas.

Llegaban a las escalinatas de la Biblioteca Nacional, a las afueras de los tribunales de justicia o a teatros y se tomaban el espacio cantando o tomadas de las manos. El 29 de diciembre de 1983 lograron llenar por completo el Teatro Caupolicán en el primer gran acto masivo de mujeres contra Pinochet. La prensa oficialista de la dictadura intentó invisibilizarlas, pero la potencia visual de miles de mujeres juntas obligó al mundo a mirar lo que pasaba en Chile.

Politizaron las labores que la dictadura consideraba «propias de las mujeres». Vestían de negro como denuncia pública del asesinato de sus hijos, parejas y compañeros. Usaban los utensilios de cocina para hacer ruido desde las ventanas (el cacerolazo), transformando un objeto del hogar en un arma de protesta política masiva.

En sus acciones, las mujeres se ponían en la primera línea con carteles y cánticos. Desafiaban la narrativa del régimen, que intentaba pintar a los opositores como «terroristas», demostrando que quienes defendían la vida y la paz eran las ciudadanas organizadas.

Mirar el legado de Mujeres por la Vida es un acto de justicia narrativa y epistémica indispensable, pues las mujeres también hemos sido arquitectas de la resistencia y del futuro. Frente a la inmediatez digital que fragmenta nuestras comunidades, este colectivo nos recuerda que la organización tiene su origen en el lazo humano y los ideales firmes.

Vivimos en un contexto global donde las guerras, la violación a los derechos humanos y la disputa geopolítica del poder nos obligan a mantenernos en alerta y a seguir defendiendo la vida.

Te invitamos a ver «Hoy no mañana», un documental de 2018 bajo la dirección de Josefina Morandé, que recupera la historia del movimiento.

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